jueves, 8 de julio de 2010

El valle de los tontos

En aquellos días, los tontos crecieron, se multiplicaron y poblaron el valle.

Los tontos se enamoraban entre sí, se casaban, procreaban más tontos y seguían poblando el valle.

La tranquilidad reinaba entre ellos; el valle que habitaban era verde, con pequeños ríos, hermoso pero ordinario, grande, generoso, con el mismo principio y fin, todos los días de todos los años, de todos los siglos, el valle era el mismo.

Un día, un gran tonto, imaginó un caos en ese lugar, todo lo hermoso se transformaba en osadía, las mismas tonterías contadas y escuchadas todos los días se convertirían en otra cosa menos en tonterías, imaginó los viajes a otros lugares, donde habitarían los no-tontos, donde podría encontrarse otra explicación menos bella para lo que existía, pero menos tonta, creía que algún lugar alguien vivía de otra cosa que llamó locura.

Comenzó a compartir con otros sus ideas, en las comidas, en los juegos, no dormía vislumbrando y escribiendo como sería su mundo sin tanta tontería, entusiasmaba a muchos con sus historias, jóvenes, ancianos, todos los días se sentaban a escucharle durante muchas semanas, durante mucho tiempo. De tanto hablar sobre la locura, algunos empezaron a verlo con recelo, tildaban de extraños y ya no de tontos, a sus más cercanos seguidores.

Semanas después, lo amonestaron por romper con la mundanidad que inundaba la vida diaria, con lo que soñaba y compartía, y de llamarlo tonto, ahora, le apodaron loco.

Los meses pasaron, hasta que, empezó a perder amigos, muchos pasaban junto a Él desviando la mirada, otros, hablaban en voz baja cuando pasaba, ya los menos le querían hablar.

Entonces, al correr de los años, cada vez se apartó más, no era más que un loco hablando de otras cosas sin importancia.

El loco se le empezó a ver menos en el valle, escribió esas locuras que nadie leyó, envejeció como envejecen los tontos, y murió pensando en lo que nunca llegó.

Mucho tiempo después, en una húmeda y soleada mañana, algo irrumpió la armonía centenaria de ese valle: se escuchaba a la distancia unos pasos, que se hacían muchos, más y más cerca…

Finalmente, los viajeros se detuvieron donde iniciaba el valle, los tontos al percatarse de estos, salieron con timidez a su encuentro, con pasos inseguros; los de mayor autoridad, se acercaron al encuentro de los viajeros.

Reinó el silencio y el azoro varios minutos, el más anciano de los tontos observó acuciosamente la apariencia de estos extraños.

Uno de los visitantes se acerco con gentileza hacia el anciano y dirigiéndose firmemente a todos los tontos dijo: "somos...los locos".

Estupefacto, el anciano pudo ver en cada uno de ellos la misma mirada de locura que tenía aquel hombre que había terminado apartado de todos, muerto en soledad...miró y exclamó diciendo: "pero, pero si ¡¡¡los locos no existen!!!".

Otro de los forajidos le respondió: "los locos no son más que tontos que solo tienen para sí la locura".

-Alejandro Rivera Delgado.
Julio 2010.

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